jueves, junio 15, 2006
La palabra mágica
Al barrio de la infancia, Santa Lucía, Medellín.
En mi barrio, los niños nacíamos con un balón en los pies, los pasos se nos apresuraron al gatear para poder perseguir ese destino de tantas emociones y con el balón nos hicimos hermanos aunque tuviéramos diferentes apellidos. Fuimos creciendo unos más altos que otros, unos más talentosos con la pelota que otros y éramos niños normales, locos pero normales, pero estaba Dago quien nació sordomudo, mas no por eso iba a dejar de ser de los nuestros y por supuesto, tenía la misma pasión que los otros, que todos, el fútbol.
Unos se iban formando como delanteros gambeteadores y rápidos, otros como talentosos medio campistas y otros como impasables defensas, pero pocos eran porteros y esa fue la posición que eligió Dago. Su arrojo mostrado en los partidos de calle con arquerías de piedra le iba dando seguridad en su puesto, recuerdo como estiraba su flaco pecho cuando atajaba un balón o salvaba un gol. Lo estimulábamos solidarios, nunca lo menospreciamos, él nos dio las señas como lenguaje, la mirada como palabra, el gesto como expresión y ante las discusiones, él alzaba su voz en sonidos guturales e incomprensibles que acompañaba con gestos.
Desde esa infancia nos convertimos en investigadores del método para hacerlo hablar. Nos decían que tal hierba con aquella otra más esto y aquello en bebedizo, hizo hablar a una señora de nadie sabe donde, y corríamos a la plaza de mercado a buscarlas. A manera de farmaceutas teguas le preparábamos el brebaje que él aceptaba beber y de forma inocente esperábamos que fuera la solución, pero no funcionaba, y así tratamos varias formulas hasta que nos dijeron que el caldo de pájaro cucarachero era la solución porque de nuevo, había curado a no sé quien de no sé donde y así se abrió la cacería de cucaracheros en las mangas del barrio. Para eso teníamos especialistas, que -a propósito- nunca jugaron fútbol, Alonso ‘el zurdo’ con la cauchera, ‘Tocayo’ con la honda. Los demás a la espera, con un fogón de cuatro piedras en el mismo campo, con la olla montada a la espera de las aves para hacer la sopa de receta improvisada que hiciera hablar a Dago. Y si, hubo cacería. Tan pronto cayó el primer cucarachero, se encendió el fogón y así llegaron dos o tres más, todos opinábamos del agua, de la cantidad de sal, de si llevaba aceite o no mientras los cazadores seguían disparando con sus piedras letales. Dago no oía pero entendía todas las situaciones, celebrábamos de antemano que él hablaría y lo abrazábamos, sus ojos de naturaleza brotados en rostro duplicaban su forma de apreciación en las ansias y él mismo hervía como el agua.
Una vez el consenso dictaminó en el hervor que la sopa milagrosa estaba lista, un plato y una cuchara aparecieron, sólo para Dago y a diferencia de otros sancochos de barrio, nadie más trajo plato ni cuchara, ni se discutió por la mejor presa. Nadie quería probar ¿y para qué, si todos hablábamos?...
Hubo silencio mientras Dago soplaba el caldo amarillento, caliente y empezaba a sorber modulando en su gutural monólogo un quien sabe qué, tal vez una oración o una maldición. Esperábamos que al final de tomarla dijera algo, un gracias, una risa con jota y con a, o una vocal al menos bien dicha. Pero nada, no dijo nada y cundía el silencio en la escena. Unánimemente -donde no se contaba al paciente- decidimos que necesitaba tomar otro plato y así lo hizo Dago en espera del milagro, de la comprobación del cielo, hacía lo que le decíamos sin otra alternativa. Todos teníamos esa fe que tienen los que han descubierto en persistencia, máximo esfuerzo en plural de la esperanza por el amigo.
Terminada la segunda ración, no dijo nada, solo hizo un gesto de jartera, de ya no más y refunfuñó su monólogo. Toda esa tarde estuvimos pendientes de él y nada, lo único que llegó fue la razón de que la gallada de La América, nuestro barrio fronterizo, nos pedían desafío en fútbol, pues ya los habíamos derrotado en guerra de piedra, a los puños, en los bailes, pero en fútbol íbamos muy parejos, aunque la última vez habíamos perdido con ellos.
Y si, les mandamos a decir que mañana por la tarde en ‘La amarilla’ -cancha que marca nuestros territorios- nos veríamos a las tres. El tema de Dago pasó a segundo plano ante el reto, éramos varoncitos careados en lo más amado, el fútbol, y eso ya era demasiado.
Llegaron las tres, hora del reto. Llevamos nuestro mejor balón, estábamos casi todos pero no Campillo ni Cherry, que eran los arqueros titulares en su orden y Dago que era el tercer arquero –en quien poco confiábamos en estos partidos a muerte- era la única opción. Se tiro la carisello para escoger cancha y el otro saca. Sin árbitro, así que respetaríamos las normas. Los defensas debíamos cuidar a los delanteros de ellos y a Dago, quien estaba más nervioso que antes de tomar el caldo. Los rivales sabían que nuestro arquero era un maniflojo que solo tapaba en partidos con arcos de piedra en la calle y que allí con portería de tres palos se intimidaba. Los dos primeros avances de ellos pegaron en el palo, y el tercero y el cuarto, nos les entraba el balón, como si Dago –quien no era alto- le hubiese puesto un seguro y tuviéramos la suerte de nuestro lado.
El primer tiempo terminó cero a cero, ambos equipos sabíamos que el empate no era a lugar y como tantos otros desafíos anteriores, sí al terminar los dos tiempos estábamos empatados, jugábamos hasta el fin, hasta que el que hiciera un gol ganaba. Así muchas veces tuvimos que concluir empatados pues la noche nos caía encima y ya ni el balón veíamos. Pero hoy, ese hoy, se definiría con goles.
Al arrancar el segundo tiempo, hicimos un contragolpe de cuatro toques con el que reventamos nuestras gargantas gritando el gol, el honorable gol que da el honor. Los otros, machos cabríos heridos, se movían tocando en bloque como Alemania, mas nosotros los defensas, sabíamos nuestra táctica última, pasa el balón o el jugador, pero no los dos. Jugábamos fuerte pero con clase. Teníamos a Pipe Valero que era un virtuoso con la pelota, ágil y gambeteador, al ‘negro Tamayito’ que cuando cabecea parece que pisa un escalón en el aire para elevarse más, al zurdo Piedrahita endiablado por la punta izquierda, en fin, todos respondíamos con la entrega.
A mitad del segundo tiempo, tiro de esquina de ellos, los nervios están en cada uno de los 22 y en las 18. Cobran, uno de ellos la peina hacia atrás en el primer palo y otro cabecea venciendo a Dago, gol... Silencio nuestro, gritería de ellos. Rápido llevamos el balón a mitad de cancha para sacar e interrumpirles su celebración y además como el tiempo no tiene perdones, no lo podíamos perder. Tenso estaba el ambiente, el pie ya se metía más duro, los empujones y los conatos de bronca calentaban los minutos que faltaban, el sol caía y empatados a uno no podía quedar este desafío, este clásico, esta honra jugada.
Faltando menos de cinco minutos para acabar el tiempo, penalti a favor de ellos. Los otros diez nuestros nos miramos y Dago nos miro a todos, sin gestos, sin guturales, nos dijo “tranquilos” en la mirada, escupió sus manos y se paró como un gato bajo el travesaño. Todos parados en el borde de las 18 sin pintar e imaginadas. Hay tensión en el aire, lo va a cobrar Julio César, un defensa de ellos cuajado y grande que le pega durísimo a la pelota. Dago no tiene dudas, está concentrado en la acción, en los pasos del otro. No mira a nadie, solo al balón. Debo confesar nuestro pesimismo. Julio toma carrera de cuatro o cinco pasos y cuando le pega a la pelota le da a la tierra y la pelota aunque débil va bien colocada. Dago se tira en magistral estirada con tiempo suficiente para una foto, la atrapa en el aire mientras los rivales se lamentan y culpan al descachado. Dago cae al suelo, reacciona, se pone de pie y la tira con largo zapatazo en contragolpe a los pies de Pipe Valero quien está solo contra el portero de ellos. Lo gambetea con un amague dejándolo regado en la arenilla, mira atrás con su gesto de risa, está solo en la acción e hizo como Campáz en el Maracaná, se sentó en la pelota bajo los tres palos de la portería rival, luego se puso de pie y de taco la empujó a que cruzara la imaginaría línea donde se canta el honor, mientras casi todos estábamos aún en nuestra área sorprendidos. Fue tan rápido que nos quedamos congelados viendo la jugada. Una voz emocionada llenó el espacio. Goooooooooooooooooooooooooooooooolllllllllllllllllll.
Era Dago quien lo cantaba. Lo miramos los 19 que le rodeábamos y como para que estuviéramos seguros, nos repitió enrostrándonos su voz… gooooooooooooolllllllllllllllll.
Lo abrazamos y en hombros lo pusimos. Ya caía la noche, no habría alargue, perdieron sin redención del tiempo ni de la suerte. El héroe fue Dago por su voladora, por su jugada maestra y rápida en contragolpe. No hubo bronca ni discusiones con la otra gallada, cada combo cogió para su lado, mas de pronto cuando nos alejábamos unos de los otros, Dago soltó unas vocales sin o y les gritó a los perdedores: ¡hijueputas! y de nuevo repetía la palabra mágica que se convirtió en ejercicio de tenor por mucho tiempo para tratar de hablar y para recordarnos su heroísmo: ¡gooooooooooooooolllllllllllllllllll!
La otra palabra de las cuatro vocales la dijo siempre cuando estaba bravo, pero dijo gol como su primera palabra completa, como nosotros dijimos mamá mientras él, Dago, decía má.
Al barrio de la infancia, Santa Lucía, Medellín.
En mi barrio, los niños nacíamos con un balón en los pies, los pasos se nos apresuraron al gatear para poder perseguir ese destino de tantas emociones y con el balón nos hicimos hermanos aunque tuviéramos diferentes apellidos. Fuimos creciendo unos más altos que otros, unos más talentosos con la pelota que otros y éramos niños normales, locos pero normales, pero estaba Dago quien nació sordomudo, mas no por eso iba a dejar de ser de los nuestros y por supuesto, tenía la misma pasión que los otros, que todos, el fútbol.
Unos se iban formando como delanteros gambeteadores y rápidos, otros como talentosos medio campistas y otros como impasables defensas, pero pocos eran porteros y esa fue la posición que eligió Dago. Su arrojo mostrado en los partidos de calle con arquerías de piedra le iba dando seguridad en su puesto, recuerdo como estiraba su flaco pecho cuando atajaba un balón o salvaba un gol. Lo estimulábamos solidarios, nunca lo menospreciamos, él nos dio las señas como lenguaje, la mirada como palabra, el gesto como expresión y ante las discusiones, él alzaba su voz en sonidos guturales e incomprensibles que acompañaba con gestos.
Desde esa infancia nos convertimos en investigadores del método para hacerlo hablar. Nos decían que tal hierba con aquella otra más esto y aquello en bebedizo, hizo hablar a una señora de nadie sabe donde, y corríamos a la plaza de mercado a buscarlas. A manera de farmaceutas teguas le preparábamos el brebaje que él aceptaba beber y de forma inocente esperábamos que fuera la solución, pero no funcionaba, y así tratamos varias formulas hasta que nos dijeron que el caldo de pájaro cucarachero era la solución porque de nuevo, había curado a no sé quien de no sé donde y así se abrió la cacería de cucaracheros en las mangas del barrio. Para eso teníamos especialistas, que -a propósito- nunca jugaron fútbol, Alonso ‘el zurdo’ con la cauchera, ‘Tocayo’ con la honda. Los demás a la espera, con un fogón de cuatro piedras en el mismo campo, con la olla montada a la espera de las aves para hacer la sopa de receta improvisada que hiciera hablar a Dago. Y si, hubo cacería. Tan pronto cayó el primer cucarachero, se encendió el fogón y así llegaron dos o tres más, todos opinábamos del agua, de la cantidad de sal, de si llevaba aceite o no mientras los cazadores seguían disparando con sus piedras letales. Dago no oía pero entendía todas las situaciones, celebrábamos de antemano que él hablaría y lo abrazábamos, sus ojos de naturaleza brotados en rostro duplicaban su forma de apreciación en las ansias y él mismo hervía como el agua.
Una vez el consenso dictaminó en el hervor que la sopa milagrosa estaba lista, un plato y una cuchara aparecieron, sólo para Dago y a diferencia de otros sancochos de barrio, nadie más trajo plato ni cuchara, ni se discutió por la mejor presa. Nadie quería probar ¿y para qué, si todos hablábamos?...
Hubo silencio mientras Dago soplaba el caldo amarillento, caliente y empezaba a sorber modulando en su gutural monólogo un quien sabe qué, tal vez una oración o una maldición. Esperábamos que al final de tomarla dijera algo, un gracias, una risa con jota y con a, o una vocal al menos bien dicha. Pero nada, no dijo nada y cundía el silencio en la escena. Unánimemente -donde no se contaba al paciente- decidimos que necesitaba tomar otro plato y así lo hizo Dago en espera del milagro, de la comprobación del cielo, hacía lo que le decíamos sin otra alternativa. Todos teníamos esa fe que tienen los que han descubierto en persistencia, máximo esfuerzo en plural de la esperanza por el amigo.
Terminada la segunda ración, no dijo nada, solo hizo un gesto de jartera, de ya no más y refunfuñó su monólogo. Toda esa tarde estuvimos pendientes de él y nada, lo único que llegó fue la razón de que la gallada de La América, nuestro barrio fronterizo, nos pedían desafío en fútbol, pues ya los habíamos derrotado en guerra de piedra, a los puños, en los bailes, pero en fútbol íbamos muy parejos, aunque la última vez habíamos perdido con ellos.
Y si, les mandamos a decir que mañana por la tarde en ‘La amarilla’ -cancha que marca nuestros territorios- nos veríamos a las tres. El tema de Dago pasó a segundo plano ante el reto, éramos varoncitos careados en lo más amado, el fútbol, y eso ya era demasiado.
Llegaron las tres, hora del reto. Llevamos nuestro mejor balón, estábamos casi todos pero no Campillo ni Cherry, que eran los arqueros titulares en su orden y Dago que era el tercer arquero –en quien poco confiábamos en estos partidos a muerte- era la única opción. Se tiro la carisello para escoger cancha y el otro saca. Sin árbitro, así que respetaríamos las normas. Los defensas debíamos cuidar a los delanteros de ellos y a Dago, quien estaba más nervioso que antes de tomar el caldo. Los rivales sabían que nuestro arquero era un maniflojo que solo tapaba en partidos con arcos de piedra en la calle y que allí con portería de tres palos se intimidaba. Los dos primeros avances de ellos pegaron en el palo, y el tercero y el cuarto, nos les entraba el balón, como si Dago –quien no era alto- le hubiese puesto un seguro y tuviéramos la suerte de nuestro lado.
El primer tiempo terminó cero a cero, ambos equipos sabíamos que el empate no era a lugar y como tantos otros desafíos anteriores, sí al terminar los dos tiempos estábamos empatados, jugábamos hasta el fin, hasta que el que hiciera un gol ganaba. Así muchas veces tuvimos que concluir empatados pues la noche nos caía encima y ya ni el balón veíamos. Pero hoy, ese hoy, se definiría con goles.
Al arrancar el segundo tiempo, hicimos un contragolpe de cuatro toques con el que reventamos nuestras gargantas gritando el gol, el honorable gol que da el honor. Los otros, machos cabríos heridos, se movían tocando en bloque como Alemania, mas nosotros los defensas, sabíamos nuestra táctica última, pasa el balón o el jugador, pero no los dos. Jugábamos fuerte pero con clase. Teníamos a Pipe Valero que era un virtuoso con la pelota, ágil y gambeteador, al ‘negro Tamayito’ que cuando cabecea parece que pisa un escalón en el aire para elevarse más, al zurdo Piedrahita endiablado por la punta izquierda, en fin, todos respondíamos con la entrega.
A mitad del segundo tiempo, tiro de esquina de ellos, los nervios están en cada uno de los 22 y en las 18. Cobran, uno de ellos la peina hacia atrás en el primer palo y otro cabecea venciendo a Dago, gol... Silencio nuestro, gritería de ellos. Rápido llevamos el balón a mitad de cancha para sacar e interrumpirles su celebración y además como el tiempo no tiene perdones, no lo podíamos perder. Tenso estaba el ambiente, el pie ya se metía más duro, los empujones y los conatos de bronca calentaban los minutos que faltaban, el sol caía y empatados a uno no podía quedar este desafío, este clásico, esta honra jugada.
Faltando menos de cinco minutos para acabar el tiempo, penalti a favor de ellos. Los otros diez nuestros nos miramos y Dago nos miro a todos, sin gestos, sin guturales, nos dijo “tranquilos” en la mirada, escupió sus manos y se paró como un gato bajo el travesaño. Todos parados en el borde de las 18 sin pintar e imaginadas. Hay tensión en el aire, lo va a cobrar Julio César, un defensa de ellos cuajado y grande que le pega durísimo a la pelota. Dago no tiene dudas, está concentrado en la acción, en los pasos del otro. No mira a nadie, solo al balón. Debo confesar nuestro pesimismo. Julio toma carrera de cuatro o cinco pasos y cuando le pega a la pelota le da a la tierra y la pelota aunque débil va bien colocada. Dago se tira en magistral estirada con tiempo suficiente para una foto, la atrapa en el aire mientras los rivales se lamentan y culpan al descachado. Dago cae al suelo, reacciona, se pone de pie y la tira con largo zapatazo en contragolpe a los pies de Pipe Valero quien está solo contra el portero de ellos. Lo gambetea con un amague dejándolo regado en la arenilla, mira atrás con su gesto de risa, está solo en la acción e hizo como Campáz en el Maracaná, se sentó en la pelota bajo los tres palos de la portería rival, luego se puso de pie y de taco la empujó a que cruzara la imaginaría línea donde se canta el honor, mientras casi todos estábamos aún en nuestra área sorprendidos. Fue tan rápido que nos quedamos congelados viendo la jugada. Una voz emocionada llenó el espacio. Goooooooooooooooooooooooooooooooolllllllllllllllllll.
Era Dago quien lo cantaba. Lo miramos los 19 que le rodeábamos y como para que estuviéramos seguros, nos repitió enrostrándonos su voz… gooooooooooooolllllllllllllllll.
Lo abrazamos y en hombros lo pusimos. Ya caía la noche, no habría alargue, perdieron sin redención del tiempo ni de la suerte. El héroe fue Dago por su voladora, por su jugada maestra y rápida en contragolpe. No hubo bronca ni discusiones con la otra gallada, cada combo cogió para su lado, mas de pronto cuando nos alejábamos unos de los otros, Dago soltó unas vocales sin o y les gritó a los perdedores: ¡hijueputas! y de nuevo repetía la palabra mágica que se convirtió en ejercicio de tenor por mucho tiempo para tratar de hablar y para recordarnos su heroísmo: ¡gooooooooooooooolllllllllllllllllll!
La otra palabra de las cuatro vocales la dijo siempre cuando estaba bravo, pero dijo gol como su primera palabra completa, como nosotros dijimos mamá mientras él, Dago, decía má.
lunes, junio 05, 2006

El Manhattan
Mientras escribo el verso
Sodoma es New York,
es noche y fiesta eterna,
celebro la palabra y su cadena.
Tal vez esta noche es la última
sin saber del mañana,
pero es de goce.
Amo a New York
y su infinita locura que me permite el vuelo,
ser libre, ser felíz y lo demás
que Babél lo dé.
Soy la bohemia en un verso sin respuesta
el universo de fiesta,
soy un celebrado en fuga,
soy New York, un Manhattan.
Soy una isla en isla
soy una quimera en fuga
la última instancia
la ausencia del miedo mismo
y también la soledad.